La casa estaba llena de gente, había sacos de dormir por el suelo, vasos sobre las mesas, la cocina llena de platos… Llegué con las mejillas enrojecidas por el frío, saludé, me saludaron, pasé a mi habitación a quitarme el abrigo y luego estuve pululando por la casa. Era una extraña en ella. Me senté a leer en mi cama y ya no salí de mi habitación. A la hora y media, alguien me dijo que no sabía que había llegado. No cené. No me echaron de menos.